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El instinto de supervivencia.

Publicado: julio 19, 2008 en General
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El día de mi séptimo cumpleaños me regalaron una pulsera de diamantes, brillantes y zafiros que, además, era comestible. Solo quedó la cuerda relamida a la que iban unidas las maravillosas joyas, el último vestigio del regalo más lujoso y sabroso que había recibido en toda mi vida. Me daban pena mis hermanas que se empeñaban en que no eran joyas, si no caramelos, a pesar de que lo había dicho mamá.

-No les hagas caso- me dijo convincente – y reparte con las niñas.

Ese cumpleaños me sentí la única estrella de la casa. Mis padres y mis hermanas parecían haber entendido que ellas tenían que portarse bien, y que ellos no podían estropearme el día con otro nacimiento o bautizo familiar.

Tantos caprichos y tanto protagonismo, me envalentonaron anulando completamente mi instinto de supervivencia.

En cuanto el coche de mi padre paró para girar la calle, no pude contenerme, aprovechando el momento para subirme a al guardabarros de la parte trasera. Papá despistado arrancó de nuevo, y yo comencé a disfrutar de aquella sublime acrobacia sintiendo el viento sobre mi rostro y una maravillosa sensación de libertad…

…”seguir leyendo”…

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El siguiente es un cometário dejado por María en el Post sobre Zapatero y la devilución de 400€…etc. El caso es que lo publico formato Post para que nadie se lo pierda. 😀

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“A mi me recuerda a mis abuelitos de la infancia.
Cuando éramos niñas, íbamos primero a ver al abuelo Manuel. Era alto con una enorme nariz aguileña. Su casa era enorme y todo allí era oscuro y lúgubre.
Lo cierto es que nos impresionaba.
Muy seriecitas, todos los domingos recibíamos una peseta que poco más que teníamos que agradecerle con una reverencia. Era lo más notorio del domingo. La visita al abuelito con papá.
No nos miraba, seguía escuchando la radio mientras alargaba la mano para dejar esa pesetita maravillosa en nuestras pequeñas manos.

El otro abuelito era Domingo. Era pequeño y con boina. Olía a vino ráncio. No nos daba la pesetita, pero todos los días, cuando venía de vuelta de su paseo, nos daba a cada una un chupachús.
Nos miraba una a una, sonreía sin dientes esperando ver la cara de alegría de sus nietas.

Cuando murió el abuelito Manuel, nos obligaron a besarle. Nos dio mucho miedo porque, en su rostro tenía un pañuelo que le sujetaba la mandíbula y la misma expresión de desdén con la que nos daba la pesetita.
Lo más triste es que no volveríamos a ver aquel dinerito del domingo.

Cuando murió el abuelito Domingo, llorábamos, echábamos de menos su sonrisa y su olor a vino rancio.

Casi que prefiero que todos los meses rebajen mis impuestos preocupándose de que ese dinerito que me ahorro al mes, me permita comprar algún chupachús para algún niño”.

LaMaríaNieta